Criadas y Señoras, de Kathryn Stockett (2009)


Por: Sheila Mateos


En pocas ocasiones la primera obra literaria de un autor es capaz de hacer pasar al lector por varias emociones a lo largo de su relato, pero Kathryn Stockett ha sido capaz de emocionar, frustrar, cabrear y en ocasiones unir un nudo en la garganta con las carcajadas espontáneas a lo largo de sus páginas. Con esta primera novela ha demostrado una gran soltura y un gran talento para narrar la historia de las criadas negras de un pequeño pueblo estadounidense en los años 60 sin caer en el dramatismo y con toques autobiográficos. Seguramente por ello ha logrado un gran número de ventas y que su historia sea llevada al cine. 

Su libro es un retrato de la sociedad de Jackson, capital de Mississippi, a principios de los años 60, cuando los prejuicios y el racismo estaban en su momento álgido. Fue una época convulsa, de grandes cambios en muchos ámbitos y Mississippi fue uno de los estados más reacios a la integración racial y a los derechos civiles. Pero la autora no narra los acontecimientos que todos conocemos, ni las grandes batallas, sino las historias del día a día. La importancia de los rumores, las invenciones, pero sobre todo el poder del mundo femenino que, a pesar de actuar desde las sombras, poseen armas de lo más sutil, capaces de ensalzar o hundir hasta lo más profundo a cualquiera que se les cruce en el camino. 

Para mostrarlo se sirve de tres personajes femeninos principales: dos mujeres de color y una mujer blanca. Pero también del ambiente y la sociedad que rodean a cada una de ellas: las entrañables criadas Minny y Abeileen, que sirven en casas de blancos exclusivamente, pero que viven en barrios poblados por gentes de color únicamente y Miss Skeeter que a través de su ingenuidad y sus ganas de huir del pueblo consigue que las voces de todas se alcen, aunque desde el anonimato. Todas tienen un objetivo en común independientemente del color de su piel: huir de los convencionalismos, la segregación racial, la hipocresía y las injusticias que las rodean y que las obligan a ir por la vida con la cabeza agachada y la boca cerrada.

Es una lucha silenciosa por el reconocimiento de los derechos civiles de las criadas mientras el resto del país escucha los discursos de Martin Lutter King o se horroriza con los linchamientos del Ku Klux Klan en una etapa de la historia de Estados Unidos tan vergonzosa como dramática.

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